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El Dragón de Azufre

La "crítica" en la ciencia económica es fundamental. El sistema capitalista ha sido un momento difícil en la travesía cósmica en la que nos encontramos. La conciencia humana no es otra cosa -nos dice Marx- que el Ser actuante, así como el tiempo-espacio resulta ser la misma cosa - de acuerdo a la teoría de la relatividad-, ideología y acción son también dos caras de la misma moneda. El sistema ideológico capitalista (SIC) es el mecanismo por el cual el capital ha logrado constituirse como el todopoderoso. Si controlas la conciencia significa que controlas el tipo de acción del ser humano. El poder ideológico no está afuera, sino en nuestra comprensión profunda del ser universal.


La crítica a esta modernidad es fascinante porque instaura una pregunta esencial: ¿cómo se puede romper el encanto de conciencia que significa el SIC? ¿cómo pudimos separar a lo "humano" de lo "natural? La economía es una cuestión de tiempo, sí, pero que no se olvide que tiempo es la vida, esta interacción incesante que llamamos Sistema Natural Cósmico (SNC). Lo humano es siempre una expresión natural de vida. Comprendamos esto y encontraremos la fecha de caducidad de este monstruo que parece invencible.


La crítica de la economía política de Marx es, a diferencia de los clásicos Smith y Ricardo, un levantamiento práctico de conciencia que se cuestiona a sí misma, para lograr este ascenso es necesario que se comprenda la naturaleza de quien enuncia la pregunta. Lo primero que hizo nuestro amigo economista fue comprender cómo es que todo lo social se vacía de contenido, de cualquier sentido cualitativo para entregarse de lleno al valor de cambio y su proceso de auto-valorización incesante. Así, tenemos que lo económico siempre es una reflexión crítica sobre el Ser social consciente, no una receta para acrecentar el capital. Es fundamental nunca confundir la crítica de la economía política con la "economía tradicional", mucho menos con la simple crematística aristotélica.


Hoy, en el año 2020, la realidad demuestra con toda su fuerza que el movimiento no se detiene, la supuesta racionalidad gerencial del capital sobre todo lo humano y lo natural nunca logra llegar a su objetivo pues busca que la realidad se ajuste a su privilegio de clase. Las crisis son apenas los recordatorios rutinarios históricos de que el movimiento no lo puede detener nadie, que todo lo que aparece como un fuego inmenso se convertirá forzosamente en las cenizas de la noche que termina.


Hoy, de nueva cuenta, todo se está siendo puesto en duda. El sistema capitalista tiene como fuerza principal el dominio del campo ideológico, pero para ello necesita un consenso. Hoy esa condición ha desaparecido.




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